la piel me dice

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la piel me dice
que hay cosas que no entiendo
claro que me habla
en su idioma, el idioma
de los guantes, del pasto
del moho, de las películas
que recubren vivamente
y palpitan también
y hasta hablan
en su idioma
eso sí es claro
y tanto quisiera
hacer algo inteligible
de estos llamados pero capto
la urgencia únicamente
los tonos de un pedido
de acción y entonces miro
miro más y sigo mirando
después, pidiendo disculpas
las manos abiertas
adivinando remedios
soñando comprender
este lenguaje incansable
de mis propios límites

eucaliptus

eucaliptus

unos días muy específicos de la niñez
son, tiene que llover y tiene que ser
cerca de la costa, nosotros también
tenemos que poder ver el mar a través
del agua vertical para que se dé
eso de caminar entre los eucaliptos
el suelo blando, juntar coquitos
correr al auto cuando se larga otra vez
y el perfume nos sigue y se mete
en el auto en la nariz en los bolsillos
llenos de hojas, se graba en la memoria
junto con las manos frías, el anticipo
del té, de la vuelta al hogar con abuelas
y las piernas cansadas, despeinadas
nosotras y llenas de risa fresca

eso mismo

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te podría decir que es un instante sin medida
un sumergirse, lo simultáneo, multidimensional
la atmósfera emocionada de un acorde que vibra

los ecos de esa justa inflexión de la voz quebrada
la respuesta total, quizás, o un hallazgo o un hechizo
la entrada de imprevisto en otro orden
cómo describirlo, largo podría intentar
explicarte los colores, las bestias que pueblan
esa repentina aura de bruma, las bestias
que reptan verticales por los planos paralelos
el momento descamado lloviendo en todas las direcciones
de todas las direcciones, no te rías, esto es un enjambre fluido,
tan inabarcablemente bello como impuntualizablemente
me toca, se imprime en mí, yo en él como en esos moldes
con palitos que la presencia empuja hacia adentro
¿te acordás? me olvidé de dónde, de si los vimos en una vidriera
en cambio sí recuerdo que había viento y que me contaste
de un día en que el cielo de la noche bien entrada
ahí por donde andabas era verde y mucho y me dijiste
que era difícil explicar la sensación, lo que era
estar ahí andando bajo esa luz que lo impregnaba todo
que tan surreal cubría las formas de tu mundo, a vos mismo
y claro, por supuesto que te entiendo, es lo que te digo

Acción (I)

     No pasa nunca nada acá, piensa, como en esos países en los que como nunca pasa nada en el diario después sale cualquier boludez. De no creer, la ridiculez de titulares del tenor de Una familia de osos cruzó la frontera ayer. Hombre (78) muere mientras ordeña vaca asesina. Para reírse largo. Para decir, como piensa ahora, qué embole. Y en general pasa que no pasa nada porque está todo demasiado tranquilo, sigue mientras selecciona el té verde de entre las otras opciones, haciendo de cuenta de que existe la posibilidad de elegir otro que el de cada mañana, el único que cada tanto tiene que salir a reponer, porque hay demasiada poca gente o porque son todos demasiado educados o simplemente tienen todo. Tienen demasiado esos pendejos de todas las edades, pendejos malcriad… ¡Ay! Al volcar el agua en la taza unas gotas le salpican la mano. La mueve rápidamente, sin pensar. Deja la pava. Abre el agua fría y la deja correr sobre la quemadura. ¿Ves? Por ejemplo, me acabo de quemar —y ya no se sabe si está pensando o directamente hablando— y porque me dolía hice, hice cosas, pasaron cosas. Si no me duele nada me quedo ahí lo más tranquila. Y ya sentada a la mesa con las manos alrededor de la taza que humea sobre un posavasos de cartón ondulado siente la necesidad de aclarar que no estoy haciendo apología del delito ni del caos ni de las crisis financieras, sólo digo que si uno está tan cómodo no pasa nada y si no pasa nada el humano se achancha. Y se achancha grave porque no es que le crece el culo nomás sino que gracias al confort es que el mundo está lleno de boludazos de treinta y pico con crisis existencial, que se denuncian mutuamente por haber apretado el botón del inodoro después de las diez de la noche. La frase culminó con un resoplido equino y un trago de té.

     Alrededor se extendía el comedor con sus muebles, las repisas con adornitos, los libros apilados y otros objetos que ocupaban en constelaciones variadas las superficies horizontales. Al enderezar la cabeza, es decir, al estar de vuelta de ese sorbo tibio, que actuó como una poción de efecto raudo, todo el escenario en el que venía desarrollando su humilde unipersonal se le tornó agrio. En algún lugar de la ciudad se cayó al piso una copa y se rompió para siempre con un crujido. De pronto se vio presa del mismo mal contra el que despotricaba. No bastando con eso, se vio a sí misma como cúspide, epítome del exceso confortable en teoría, ella con su heladera, con sus bocados de más día tras día. Y se desagradó al igual que le desagradaron los muñequitos de cristal de Murano, las pilas de partituras que hace décadas ya no toca, el juego de las doce tazas con sus doce platos que para quién, me querés decir para qué corno dos guitarras, y así. Se levantó de la silla con un salto y fue disparada al dormitorio aunque entró lento, amortiguando los pasos, como anticipando lo peor. Con cara de pánico observó como por primera vez la pila de ropa sobre la silla, posó la vista sobre las múltiples cajitas sobre la mesa de luz como sobre la escena del crimen más cruel. Y todo era nítido, desesperadamente filoso. Los ojos incrédulos miraban, absorbían sin pestañear. Con el pecho que le subía y bajaba acelerado por la agitación abrió el ropero de un único gesto abrupto. La puerta rebotó contra su tope y le golpeó el costado pero ella no sintió nada, tal era el horror frente a la fila de perchas con sus dispositivos anti-polillas, a la superpoblación de los estantes y el nido de zapatos que sintió retorcerse en el piso del mueble como un nido de víboras, de muchas víboras viscosas enredadas las unas con las otras. Creo que pegó un grito. Habría que preguntarles a los vecinos si escucharon algo, porque justo en el momento en que quebró el cuello y mandó la cabeza hacia atrás, los ojos bien abiertos apuntaban al techo, y con la boca bien abierta la escena pareció culminar en un alarido de espanto, justo en ese momento pasó un autobomba con la sirena a todo lo que daba.

diálogo que a fin de cuentas es acerca de los primates y las órbitas

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vamos a caminar —me decís una vez más
y yo: no, porque tus piernas están
torcidas o algo así mientras suena la tercera
llamada del gallo y abro los ojos y busco a
los
amigos. adelante están y avanzan
riéndose como ebrios de correr rápido en
ronda a los gritos
. los miro y si reflexiono un
segundo
tantas veces me propusiste lo
mismo
se ve todo clarísimo. pienso en
arrancar, en juntar
los papelitos que
quedaron en el piso
pasada la fiesta
ahora llaman las gaviotas desde la costa
y quizás en algún momento alcanzar los
pasos
de la vanguardia alegre que veo
e
levarse liviana, ingrávidas las caras
sonrientes abiertas al sol un murmullo
salado me distrae de esa contemplación
como tocándome de a ratos con
un dedo el
hombro, tirándome del ruedo
de la pollera
y en ese momento
pienso pará nena
también te cansaste
de repetírmelo— me lo
pido por favor
y cierro los ojos y veo las
geometrías habituales
de mi noche personal
y que el asunto no es allá ni en el otro allá
el agua tibia dirás acaso pero es que a
veces uno tarda en darse cuenta y después
se da cuenta y después se olvida y hay que
hacer todo el recorrido otra vez
el círculo
de la vida, simba
. no me digas.

un grano de arroz

aloz en mesa

opacidad traslúcida del color claro
del germen que late debajo
dentro de esa cajita como de uña
mínimo fruto soñador de campos
de generaciones sin fin de verde
de familias de nácar venidas del agua
y el secreto fértil del suelo anegado

universo denso, un grano de arroz
la riqueza concentrada de los pueblos
su esperanza y hambre desde siempre
el recuerdo cálido en las manos queridas
la evocación de lejanías insondables
perfumes imaginarios, la música despojada
de artificio y el relato de los viajes

blanco

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hoy no es un día gris aunque hay nubes
hoy es un día frío a pesar de los grados
que son como veinte
hoy es un día oscuro a pesar de la luz
que es blanca y densa
y ciega este día que por sobre todas las cosas
cae como una vieja sábana clara
como vistiendo lo que toca de fantasmas
de cuentos, de suspensos
de rincones ocultos, de desconocimientos
de la misma canción desmantelada por la repetición
e igual con las palabras, los días
el cielo, todo como después de la lavandina
finito, amnésico de color

dónde

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por todos lados quedan
esparcidos los restos de la
explosión, los bloques, la casa
la sala donde se ofició largo
tiempo la cálida alquimia
por todos lados quedan
estos sólo restos
fragmentos piezas para romperse la
cabeza y ponerse a llorar un
poco la pérdida del hogar

hay algo en esto del dolor por
el cambio de la fisonomía de
las ciudades que sufren la reducción
sin alma a polvo
de sus rincones más entrañables
y de poco sirve en el momento de pasar
junto a la pared que muestra
el plano lateral de las molduras
el tamaño de los cuartos
y la preferencia de sus habitantes
por el color celeste o crema

de nada sirven otras lógicas
en ese instante
la única verdad
es la historia del mundo
de los humanos y sus hormigueros
sus ideas de civilización
y siempre fue así

se me confunde la medida de
la aceptación que debo emprender como
el camino más arduo
otra demolición
la necesidad despiadada que
tiene la vida de la muerte pero igual
hasta dónde los esfuerzos por ser
cordero cuando todo me grita que no entre
ni suavemente ni mucho menos
en esa buena noche

qué pasa con el alma después de
cualquier guerra
esta
dónde queda
la poesía hecho trizas su santuario
la respuesta acaso requiera
bombas aún
dar también
por tierra con el edificio entero
del lenguaje y de ahí renacer otro
verbo otros ojos que
no requieran un refugio

En el lugar

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Me senté al sol a escribir. Me senté junto a la ventana, al sol, con el cuaderno y un lápiz en la mano. Llevo ya al menos media hora con los ojos entre cerrados y entrecerrados. Porque además de la luz, que es cálida como algo que también es mullido, entra un airecito en el que sería injusto no concentrarse, un desperdicio. Qué otoño increíble hace este mediodía. Y en muchos otros momentos también, se comenta. Por caminos afines me llega que hay quienes andan por ahí, sueltos, a pesar de todo. Y que no son pocos los que con barbijo y todo, hasta con bolsas de hacer las compras bajo el brazo, salen a pasear. Y no sé bien qué posición adoptar frente a eso. Veo que varía mi opinión al igual que veo que con los días voy inclinándome al ma sí, voy cediendo al yo también quiero hacer la fotosíntesis al aire libre. Estar acá ahora es lo más cercano. Vuelvo a cerrar los ojos y siento un olor veraniego, el fin de las clases y la cercanía del mar; el olor del espejismo que brota de la arena caliente, cargada de sol, la caminata hasta el alivio del agua. Y como suspendida en esa mezcla de épocas que fueron mías junto con sus perfumes y sus temperaturas en la planta de los pies, me pregunto por mi hoy, por quién es ahora esta a la que se le superponen las capas traslúcidas de cada instante en toda su profundidad potencial, en toda su polidimensión experiencial. Y no sé cuál sea mi cara en medio de todo esto, no podría sacar nada en limpio de este palimpsesto que encuentro cuando me busco adentro. El tiempo escribió y borró tantas veces ya. Y cada vez me asombra más pensar en la vejez, considerar la carga de la arruga. Admiración; mucho respeto, cuando poco. La luz me envuelve de repente como una frazada liviana y se me cierran los ojos otra vez. Hay pájaros, otros pájaros que las palomas y me doy cuenta de que estaban ya de antes aunque recién los descubra. Un murmullo como de camiones y otras máquinas, el ronroneo de un felino descomunal y feroz, se mete por la ventana también, mezclado con la brisa y todo junto me alcanza ahora que abrí los ojos y escribo otra vez con los oídos de par en par, conscientes. ¿Alguien escuchará el ruido que hace este lápiz al raspar el papel que se le resiste apenas, lo suficiente como hacerle dejar algo de grafito en el camino? ¿Se sumará este aleteo ínfimo a alguna ola sonora mayor en cuya cresta o profundidad alcanzar distancias impensadas? No puedo saber cabalmente cuáles son las cosas que me trae el susurro este de ciudad, pero lo mismo se impacta contra mí antes de seguir su curso, alterado, a chocarse con nuevas formas que lo sigan moldeando, y en el camino nos transformamos todos mutuamente. Todos, incluso quedándonos en el lugar.